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Retospecteando Sep. 27th, 2009 @ 04:36 am
Acabo de leer muchas entradas antiguas mías, y me han hecho pensar... Pero más que ellas, me han hecho pensar los comentarios. Cuántos recuerdos así de golpe, de cosas que brillaron como estrellas moribundas antes de llegar a nacer (stillborn love, perhaps), de otras que ocurrieron y se torcieron de una manera que no por fácil de predecir resulta menos monstruosa. De los cadáveres que han ido quedando en la cuneta de mi vida, muchos de los cuales tienen mi cara.

No hay lección que aprender de ello. Sólo... están ahí.

De Viejos Regímenes y sus guardias. Oct. 9th, 2008 @ 01:02 am
AVISO: Si no estudias psicología en la UAM igual te da bastante lo mismo esta entrada, o sea que te la puedes saltar. Igualmente, si estudias psicología ahí pero no te importan demasiado las discusiones epistemológicas, también te lo puedes saltar.


La costumbre guía nuestra vida. Los hábitos nos generan, más que al revés. Pero no es de eso de lo que voy a hablar, al menos no de momento. Voy a hablar de costumbres agradables y costumbres molestas. Algunas de estas costumbres, tal vez obedeciendo a la teoría memética de Dawkins e indudablemente sometidas a las leyes del refuerzo, se extienden o se mantienen. Voy a hablar de una en concreto, desplegada habitualmente por algunos profesores de mi facultad cercanos al ámbito de uno en concreto de ellos -que no mencionaré porque estaría feo, y se me ha reforzado consistentemente por no hacer ese tipo de cosas- . La costumbre, en términos descriptivos y/o funcionales, es la siguiente:

-Cada vez que se menciona al conductismo, se mencionan regímenes opresores de manera contingente. La relación es casi 1, es decir, debe ser casi una contingencia perfecta.
-De la misma manera, cada vez que se mencionan principios o leyes que forman los cimientos del conductismo, se dicen frases resonantes pero vacías de contenido. Como ejemplo, las siguientes: "obviamente esto no funciona: no somos ratas"; "mirad qué simplificación tan absurda".
-Cuando se haga mención a cualquier tipo de herramienta o principio cercanos al positivismo lógico y al falsacionismo, como las técnicas cuantitativas de recogida y procesamiento de información, la estadística o el realismo "aparente" con el que trabaja la ciencia, se repetirá la primera contingencia, la relativa a los regímenes opresores (habitualmente fascistas). Expresiones como "el Antiguo Régimen", "esto es un poco nazi", "pérdida de libertad", "determinista y simplista" (en el sentido mal usado del primer término, como veremos después); "ingenuidad", "lavado de cerebro", etc, son especialmente populares. De la misma manera, cada vez que se mencionen técnicas impropias de la ciencia o sólo parcialmente fiables, o de alguna manera opuestas a lo dicho anteriormente, se procurará una contingencia total con expresiones relativas a la rebeldía positiva y juvenil, la actitud contestatario-constructiva y la actitud artística y creadora, todo esto acompañado naturalmente de una prosodia tal que enfatiza los aspectos positivos.

Vayamos por partes:
Sé que soy muy pesado con estas cosas, pero creo que conviene dedicarle un poco de atención a ciertas cosas. Vamos a definir términos, ¿sí? Empecemos por lo que esta gente (y yo) entendemos por "Antiguo Régimen" y esa serie de cosas que dicen después.

Se refieren obviamente a un estado de pérdida de libertad en el que tu libertad personal, tu derecho de elegir, se ve superado o pisado por un gobierno que, con la excusa del bien común, lo restringe de tal manera que decide por tí y castiga ciertas opciones que no considera correctas o aceptables. Esto es importante: otra persona te quita tu libertad y te obliga a hacer lo que quiere que hagas. Además, se tiende a tratar a las personas como partes de un todo pretendidamente superior, en lugar de como totalidades en si mismas, como pequeños engranajes (si me permitís el chiste privado) que deben girar en su sitio para que la máquina del Estado funcione perfectamente. Todos estamos de acuerdo en que estos regímenes son moralmente malos y no deberían darse en ninguna situación.
Este tipo de gobierno político es también, por definición, oscurantista: un pueblo desinformado es un pueblo dócil, y argumentos como el "derecho divino" y diversas tonterías derivadas del dualismo fueron esgrimidas consistentemente en este tipo de régimen. Todos estamos también de acuerdo en que esto es malo.
Por último, estos gobiernos descansan casi siempre en la amenaza del poder militar. Hay  que obedecerlos, porque todos los sistemas de seguridad del estado están a su disposición, y en este caso la frase de "el Estado tiene el monopolio de la violencia" se tiñe de un tono aún más siniestro de lo habitual. De nuevo, todos estamos de acuerdo con que esto es incontrovertiblemente malo.

Bien. Ahora veamos qué principios del conductismo y por extensión de la ciencia critican estos señores:
> Según el conductismo, la conducta humana está determinada por los consecuentes (por paradójico que parezca), por lo que, enfrentado a una disyuntiva cualquiera, una persona sólo podría reaccionar de una determinada manera, determinada por su experiencia previa. En esto no hay ningún fallo en el sentido lógico del término (aunque es una aseveración poco científica en el sentido de que no es falsable). Ahora vamos a ver qué esgrimen en contra de este argumento:
-Pero yo elijo, tengo una serie de argumentos y decido qué hacer según me apetezca. Tengo elección.
Corrección: Tienes la sensación de que eliges. Uno puede sentirse libre y no serlo realmente, de la misma manera que uno puede sentirse guapo hoy y feo mañana sin que su cara haya cambiado lo más mínimo. Este argumento es demasiado cándido como para ser tenido en cuenta siquiera.
-Pero eso significaría entonces que el futuro estaría escrito, y eso es una tontería.
Correcto, es una tontería. Pero es más tontería aún confundir el determinismo con el fatalismo! Siendo breves, el determinismo implica que dadas tales condiciones iniciales, el resultado será con una probabilidad 1 (o sea, siempre) tales condiciones finales. El fatalismo es la creencia de que, se haga lo que se haga, el resultado será el mismo (porque está escrito, porque es lo que tiene que ocurrir o lo que sea). Gráficamente:
Determinismo:
Si A, entonces A'
Si B, entonces B'
Fatalismo:
Si A, entonces A'
Si B, entonces A'
Si C, entonces A'
Está claro, no?
Lo que el conductismo postula es que, si se dan ciertas condiciones previas (es decir, una historia de aprendizaje concreta, por ejemplo), se darán SIEMPRE ciertos resultados. Esto también hace que surja el asunto de la predictibilidad de la conducta. De hecho, más que surgir, esto es algo que nos escupen a la cara: "Entonces, ¿podrías predecir mi conducta?". Pues obviamente, si conociera las condiciones previas sí. No tiene mayor misterio, otra cosa es que sea factible realmente: controlar y conocer todas las contingencias previas es, si no imposible, desde luego sí altísimamente improbable con los medios de los que contamos ahora. Pero eso no invalida el argumento, porque lo que se está enunciando es un principio, no una tecnología para llevarlo a la práctica. Es algo básico, me parece a mí.
Incidentalmente, hay cierto profesor que ha escrito, sin avergonzarse después ni caer muerto al suelo por la tontería inmensa que supone, algo así (la cita no es textual pero casi):
"[Uno de los fallos del conductismo es que] ningún conductista aceptaría que sus ideas conductistas son también producto de las contingencias pasadas y el condicionamiento.".
Pues bien, señor Blanco, se equivoca de medio a medio. Aquí tiene a uno: mis ideas conductistas son producto de una historia de aprendizaje que ha convertido en extremadamente reforzante para mí su solidez teórica y la de sus datos. Se me ha reforzado consistentemente en mi entorno familiar y de amigos por mostrar una conducta tal que se enfaticen los aspectos científicos de mis ideas. Efectivamente, querido profesor, mis ideas conductistas al igual que mis ideas políticas, religiosas (o ausencia de tales), sociales, mi forma de tratar a los demás, la forma en que me gusta que me traten, el tipo de bromas que me hacen reír, el volumen al que hablo, cómo camino, a dónde dirijo la mirada cuando hablo, el hecho de que esté escribiendo ahora aquí con un estilo determinado y una amplia variedad más de factores son producto de mi historia de aprendizaje, concretados mediante el condicionamiento instrumental y clásico.

En fin.
Retomando lo de los regímenes totalitarios, este grupúsculo de profesores (y sus monaguillos) suelen enlazar el conductismo con el totalitarismo, cayendo en el mismo error que si alguien acusara a los científicos que demostraron que los hombres morimos antes que las mujeres de querer matar a todos los hombres. El conductismo postula que el libre albedrío y la libertad, como tales, no existen. Lo que estos señores hacen ver es que el conductismo postula que no deberían existir. Craso error, pero muy provechoso para esos mítines a los que llaman "clases" y esos panfletos a los que llaman "manuales".
Ellos prefieren insistir en otro tipo de teorías que "no nos quiten la dignidad como personas", que no nos "simplifiquen tanto". Es decir, en aquellas teorías que mantienen un dualismo aunque sea refinado. Recordemos que eso implica que lo que los separa de una religión es una mera cuestión de grado, no de modo.

Quién es, entonces, la guardia del Viejo Régimen? El científico que no se detiene ante consideraciones morales (o moralinas) ni políticas y hace su trabajo, o el que lo cuestiona porque pone en duda los valores tradicionales? Qué lástima que los que se venden como rebeldes representen un paso atrás tan grande. No somos nosotros la guardia del Viejo Régimen, no. Son ellos. Son la Guardia y el propio Régimen, que ha mutado para tratar de pasar desapercibido y venderse como algo contracultural cuando en realidad representa una palmadita en la espalda de todo lo establecido y tradicional.

Me canso. Buenas noches.




Énfasis Jun. 17th, 2008 @ 11:59 pm
Esto se acaba. Se acaba de verdad.
Quiero decir, si todo me sale como quiero, pasaré mucho tiempo aquí. Pero el resto de la gente, el espíritu de mi promoción, o de mi gente, como se quiera, ya no estará.
El otro día paseaba por el hall y me dí cuenta de la cantidad de gente nueva que hay. Me refiero a cuenta, en cursiva. Me dí cuenta. La facultad deja de ser mi sitio, poco a poco, como se va quedando uno dormido delante de la televisión. Como se van revelando las polaroid. Y emergen nuevas celebridades de pasillo para sustituír a las de mi gente, nuevos pequeños grupos con sus coincidencias y sus enfrentamientos, nuevos aires. Y nosotros cada vez sabemos más, pero cada vez pintamos menos.
Suena tremendamente ególatra y horroroso, pero no me gusta la idea de que la inmensa mayoría de la gente con la que me cruce día a día no sepa quién soy.
Casi os oigo pensar. "¿Y qué esperabas? ¿Que te erigieran un monumento en el hall y te permitieran gobernar a tu antojo la facultad? ¿Tener siempre algo que decir sobre todo el mundo, o que todo el mundo tenga siempre algo que decir sobre tí? Claro que se acaba. Y eso es bueno, es normal. Todo se acaba. No podemos estar estancados en una etapa para siempre".
Y sí, es cierto, tenéis más razón que un santo. Sin embargo, son los corolarios lo que me preocupa. Si nada permanece, nada es. Si nada es, para qué molestarse en tratar de ser nada.
Hay una proporción alarmante de vacío en todo, la verdad, y no es que no lo supiera ya. Es que no lo sabía. En cursiva.
Todo se acaba. El tiempo acaba sepultando y convirtiendo en arena todo lo que te importa, ofreciendo consuelos más bien magros a cambio. Y al final de la vida, me imagino, puedes recordar tu existencia como un carrusel de caras, de sentimientos, de situaciones, en las que los otros van y vienen, y con ellos partes de tí. Hasta que no eres nada.

El año que viene empiezo una tesina. Es mi último año en la universidad como estudiante de licenciatura. Esta tesina depende de mí, de mi capacidad y mi habilidad, y tal vez sea eso lo que me produce toda esta ansiedad y estas ganas de volver atrás, de volver a vivir cada momento sólo por extraerle todo el sabor. Porque sé lo fácil, lo rápido que se disuelve todo. Incluso las heridas más profundas acaban por ser poco más que cicatrices blanquecinas, e incluso la caricia más intensa se queda en nada en cuanto terminas de sentirla. Porque somos lo que hacemos, y yo quiero hacerlo todo. No quiero perderme nada. Como Funes, quiero quedarme con todos los detalles para petrificaros en mi cabeza, para poder sacaros de la vitrina y sentiros de nuevo cuando me apetezca. Porque al final estamos todos solos. En cursiva.

Humo Mar. 23rd, 2008 @ 06:42 am

Estamos en el salón lleno de humo.

No sé cuánto tiempo llevamos mirándonos en silencio, con ese viejo gramófono sonando. De vez en cuando, entre calada y calada a su cigarro, ella recoloca la aguja con sus dedos pálidos y delgados. Lo hace sin mirar, como un acto reflejo.

No hay ninguna luz encendida, salvo la tele que está en silencio, cantando sin voz las letanías de la teletienda de madrugada. En algún lugar del salón hay una vela encendida, también.

No sé si ella me está mirando o no, porque lleva unas enormes gafas de sol que hacen que, en la penumbra azulada de la caja tonta, parezca que las cuencas de sus ojos están vacías. Se lleva el cigarrillo de nuevo a esa boca de labios llenos, sensuales. Aspira con fuerza. Lo deja un momento en su boca, mientras su mano vuela como una libélula de cristal hacia su pelo negro cortado asimétricamente, coloca un mechón rebelde detrás de su oreja pálida, y vuelve al cigarrillo. Lo separa de su boca, que queda entreabierta, y deja escurrir el humo hacia fuera, como una catarata invertida. A través de la neblina de alquitrán veo el brillo de sus dientes. Durante un breve momento me recuerda a Helena Bonham-Carter en aquella película seminal tan llena de testosterona.

Hay una mesa baja entre nuestros dos sillones. En algún lugar del salón alguien balbucea en sueños.

Sus piernas están cruzadas. Se inclina hacia la mesa y enciende un flexo, que me deslumbra. Me inclino yo también, y lo giro un poco para que la luz no me dé directamente. Ahora, la luz incide de forma oblicua sobre el humo, dándole un aspecto casi corpóreo. La canción termina. Ella alarga la mano y coloca la aguja en su sitio. La canción vuelve a empezar.

-Me encanta esta canción. –dice, reclinándose de nuevo y sonriendo sólo con un lado de la boca. Tiene unos pómulos altos y marcados en su cara pálida y lisa. Su mano izquierda vuela hacia su cuello largo y fino, y me sorprende por un instante que alguien dotado de un aspecto tan elegante esté fumando en un salón conmigo. Si, es cierto que va vestida como la víctima de un tratamiento de electroshock, capas de ropa negra y gris que se deslizan una sobre otra, dejando ocasionalmente libre un hombro, esas gafas de sol... Pero algo en ella es... ¿Indefiniblemente etéreo? No, esa no es la expresión que busco.

-Es bonita -digo.

-No es bonita. Es una canción. Un cuadro es bonito, un perro es bonito. Una canción transmite o no. Eso es todo.

 

Me sorprende esta diatriba repentina, y simplemente levanto una ceja y sonrío.

-De acuerdo, transmite, transmite mucho.-Ella resopla y se apoya una mano en el pómulo, la mano con la que sostiene el cigarrillo.

-Si no se te ocurría nada mejor que contestar, habrías quedado mejor callándote.-Lo dice sin sonreír, pero sin acritud. Como la constatación de un hecho obvio, no como un ataque. Como el que dice que hace frío.

-Lo siento. Quedarme callado nunca ha sido mi fuerte.

-Lo estabas haciendo muy bien hasta ahora.

-...

-Me encanta esta canción. Mi abuela la ponía siempre, ¿sabes? El gramófono era suyo. Sólo tenía este disco, y lo ponía una y otra vez. Bailábamos las dos en su casa durante horas con esta canción.

-...

-La gente decía que ella estaba loca. Pero no era eso, para nada –resopla por la nariz y se ríe un poco por lo bajo-, no era eso. Yo sabía la verdad, pero nunca se lo dije a nadie.

-¿Y cuál era la verdad?

-¿Y por qué te lo iba a decir? –dice, y expulsa el humo rápidamente hacia arriba- Ni siquiera sé cómo te llamas.

-Bueno, me llamo...

-He dicho que no lo sé, no que quiera saberlo. –Aplasta el cigarrillo en el cenicero lleno a rebosar, hurga en un bolsillo y saca otro. Se lo coloca en la boca y lo enciende con una cerilla. El olor del fósforo llena mi nariz por un momento. – Si quisiera saber tu nombre te lo habría preguntado.

-Perdona, pensé que era una pregunta indirecta.

-Nunca hago preguntas indirectas. Es de mal gusto. Si quiero saber algo, lo pregunto, no correteo alrededor del argumento como una rata por las paredes.

-Oh. Bien. Lo tendré en cuenta.

-Claro que sí –dice ella, pero lo dice bajito, como para sí misma.

 

Otro rato de silencio. La canción llega a los compases finales, y la vuelve a poner.

 

-El otro día soñé con un gato –dice, sin venir a cuento –. Venía y me miraba, y yo le daba una sardina que sacaba de mi boca. Me pregunto qué significará.

-No tiene por qué significar nada. En realidad, pocas cosas significan nada.

-Oh, por Dios. ¿Por qué seguís los universitarios diciendo esas cosas? ¿Creéis que os hace parecer intelectuales, profundos? No, os hace parecer... Clichés. Clichés ambulantes. – Pronuncia la palabra “cliché” a la francesa. Suena como clishé. Me entran ganas de decir alguna otra tontería pseudointelectual para ver si lo repite, porque su boca se frunce de forma encantadora al hacerlo.

-Bueno, no era mi intención sonar profundo, es simplemente que... Bueno, es lo que pienso.

Ella vuelve a resoplar.

-Eres tan... No sé cómo eres, pero no estoy segura de que me gustes.

-Oye, si quieres me voy.

-No, en realidad es un halago. No suelo dudar respecto a la opinión que tengo de la gente, y contigo llevo dudando más de dos horas. No sé si te aborrezco o me pareces encantador. –Sonrío – Ves, ahora pareces encantador, con esa sonrisa blanca y casi podría decirse... sincera. Salvo porque nadie es sincero.

-¿Sabes que esa frase se parece un poco a la que según tú me hace parecer un cliché?

-Claro que lo sé. Que tú seas un cliché no implica que yo no lo sea.

-No parece importarte.

Ella da una calada larga a su cigarrillo, aguanta el humo dentro y dice, sin respirar:

-No me importa.

Luego expulsa el humo hacia abajo. Se inclina hacia delante y se quita las gafas con movimientos que me parecen un tanto convulsos. Tiene unos ojos enormes, casi como un dibujo manga, y demasiado pintados de negro. Son azules, o eso parece. Quizá sean verdes. Están muy rojos, lo que sólo realza aún más su color, el contraste con el negro de su ropa y del maquillaje que parece haberse aplicado con brocha. Deja las gafas sobre la mesa, sin molestarse en plegarlas, vuelve a colocar la aguja del gramófono en su lugar y se reclina. A su lado, en la librería, hay una foto enmarcada de un chico realmente guapo, como sacado de la portada de una revista. Rubio, con unos ojos grises enormes, una sonrisa deslumbrante y lo que parece un torso de lo más envidiable. Sujeta con expresión satisfecha un cesto lleno de fruta. Ella capta mi mirada. Se inclina y recoge un zapato de tacón del suelo, ignoro si es suyo. Tumba el marco en la estantería y, sin alterar su expresión en absoluto, golpea con el tacón el cristal que cubre la foto, haciéndolo añicos. Coge el cigarrillo que estaba fumando y lo apaga sobre la foto, retorciendo la colilla con fuerza. Vuelve a poner el marco en su posición inicial. Retira la mano. Lo gira un poco para que quede mejor. Me mira, sonríe, se lame un dedo en el que se ha cortado un poco con el cristal.

-Es muy guapo. –digo, señalando con un gesto el agujero negro y humeante donde antes estaba la sonrisa del Adonis.

-Sí.

-¿Es tu novio?

-No. Bueno, sí.

-¿Se fue?

-¿Que  si se fue? ¿Que si se fue a dónde?

-No sé, me preguntaba si se fue, si te dejó...

-¿A mí? –me mira, genuinamente confusa, con los ojos abiertos como platos.

-...sí...

-No. Está en la habitación.

-Y...

-¿Por qué he quemado la foto?

-Sí.

-¿Por qué no iba a hacerlo?

-Bueno, es tu novio, ¿no? Se supone que le quieres, y...

-Alto, alto –dice ella, levantando una de sus manos perfectas, enarcando una ceja y mirándome con esas joyas cínicas de su cara. Sonríe divertida, echando humo de la última calada por la nariz. – He dicho que es mi novio, no que le quiera. De todas maneras, ¿qué te importa a ti?

-No, nada, nada en absoluto... Simplemente me extrañaba. Me extrañaba que, siendo tu novio, trataras así a su imagen.

-Es un imbécil.

-Y ¿por qué estás con él?

-No estoy con él. –se muerde el lateral de una uña. Vuelve a poner la aguja al principio de la canción.

-Pero... ¿no es tu novio? ¿Cómo defines novio?

-“Novio”... “Novio” es una palabra. Sólo eso. Él quiere que le llame así.

-¿Y tú? ¿Tú cómo le llamarías?

-No lo sé. ¿Por su nombre?

-Y ¿por qué le llamas “novio”, entonces?

-Porque me da igual.

Se levanta del sillón. Realmente tiene un cuerpo estupendo, delgado pero no en exceso. Pienso que me recuerda a alguna de esas actrices del cine en blanco y negro, como si la hubieran recortado del celuloide y pegado en la realidad. Cierra los ojos y se balancea al ritmo de la música, formando las palabras con la boca, sin pronunciarlas. Se pone el cigarrillo en la boca, enlaza las manos y estira los brazos hacia arriba todo lo que puede. Me mira de reojo, abriendo uno sólo de sus enormes ojos, y sonríe, con el cigarrillo aún en la boca. Un poco de ceniza cae en uno de sus pechos.

-Realmente te gusta esta canción –le digo, sonriendo.

-Sí. – se retira el cigarrillo de la boca, y apoya la mano que lo sostiene en la cadera, mientras me mira con la barbilla levantada, como una niña insolente.

Guardo silencio y la miro. Ella se lleva el cigarrillo a la boca de nuevo. Abre la boca, inspira un par de veces como si fuera a decir algo, pero no lo dice. Se sienta. Vuelve a levantarse. Me mira, sus manos se crispan.

-Vale, es un imbécil, le odio.

-Pero entonces...

-¡”Entonces”, nada! –dice, casi chillando. – “Entonces”, nada. –repite, más bajo, mirándome iracunda. Da dos pasos por el salón, de espaldas a mí. Se toca el pelo, el pómulo. Me mira. – Estoy con él porque le odio.

-Eso no tiene mucho sentido...

-¿Ah, no? ¿Y qué tiene sentido, señor universitario?

-No sé... Si te parece un imbécil, tendría sentido que le echaras de tu casa. Que dejaras de verle.

-Eso no va a ocurrir.

-No lo entiendo.

-No hace falta que lo entiendas. –se deja caer pesadamente en el sillón. El cigarrillo y la canción se han acabado a la vez, y mira alternativamente al gramófono y a la colilla, sin saber muy bien aparentemente qué necesidad cubrir antes. Se pone un cigarrillo apagado en la boca y coloca la aguja de nuevo. Se enciende el cigarrillo con una cerilla. –No hace ninguna puta falta. –agita la cerilla para apagarla y la deja en el cenicero. Expulsa el humo de su primera calada. Guarda silencio unos segundos, mientras mordisquea la punta de su dedo índice pensativa, con la vista baja. Me mira de nuevo. Se lleva el cigarrillo a la boca. Inspira. Entorna los ojos. –¿Sabes por qué estoy con él?

-No.

-No le quiero. Él me da igual. No me importa llamarle “novio”. Si algún día tengo que llamarle “marido”, no me importará. No me importa dejarle que se acueste conmigo. Al fin y al cabo, no me quita mucho tiempo con eso. El resto del día me siento aquí. Hablo con los invitados de sus fiestas. Hablo con los invitados de las fiestas de sus amigos. Paseo por el supermercado, palpo los envases de carne. Me gusta porque es blanda y fría. Y porque no siempre fue así. Una vez, ese... ese montón sanguinolento de carne envasado al vacío en esas bandejas blancas tan feas fue un animal pequeño, como de peluche, que trotaba detrás de su madre. No, no soy vegetariana. Me encanta comer carne. Pero no pierdo de vista de dónde viene. Hablo con los invitados. Bebo una copa, alguien me alarga mi tarro de medicinas, me tomo dos o tres cosas, sin mirar. No importa, en realidad. Bebo una copa. Bebo otra. Me acuesto con uno de sus amigos, y luego con otro. Luego con su hermana, que me suplica que no le diga nada a él... Y la satisfago en eso, como en todo, sólo porque no me importa lo más mínimo que él lo sepa o no. Ni él, ni nadie. Hablo con los invitados, y les cuento lo primero que me pasa por la cabeza, como lo de mi abuela. Mi abuela tenía un vestido de flores muy bonito. A veces me lo pongo y bailo. Ella sólo estaba triste y le echaba de menos. Yo no quiero estar triste, ni echar de menos a nadie. Por eso me pongo su vestido y su canción. Por eso no me importa. Mi abuela está triste, pero yo no. No lo estaré nunca. Ni triste, ni contenta ni nada de nada. No me permitiré a mí misma eso. Y luego, los terneros que trotan por el campo acaban metidos, hacinados, en camiones que les llevan a mataderos donde hay hombres grandes y peludos, me imagino, con cuchillos enormes. Hombres que hablan a gritos entre sí, sobre la televisión, mientras matan terneros. Igual que yo hablo con los invitados mientras quemo su fotografía. Porque le quiero. Y no me importa en absoluto. No le quiero. Es un imbécil.

 

Me quedo en silencio, asombrado. Ha dicho todo esto en un tono de voz monocorde, sin hacer casi pausas entre las frases, con la mirada baja y el cigarrillo en el aire. La canción ha terminado hace unos minutos, y sólo se oye el “bup, bup, bup” de la aguja leyendo el vacío. Ella mira el gramófono, como en sueños, y vuelve a poner la aguja. De nuevo la canción da cuerpo al silencio. Me mira. Espera una contestación, creo.

-Eso ha sido muy...

-Incoherente.

-...sí.

-Me da igual.

Se levanta, apaga el cigarrillo, se acerca a mí y me besa en los labios, suavemente, despacio, posando apenas los suyos sobre los míos, con sus ojos enormes bien abiertos y clavados en los míos, mientras me sujeta con una mano la cara. Se incorpora de nuevo y me dice “Vete”, en un susurro. Se da la vuelta y se aleja. Cuando pasa por el marco de la foto, le da un beso y me guiña un ojo. Sale del salón, oigo una puerta abrirse y una voz masculina protestar, somnolienta. Dos minutos después, oigo esa misma voz gemir de placer, y los muelles de la cama crujir. Me levanto para irme, recojo mi chaqueta. Cuando paso por el marco lo miro. El gramófono hace “bup, bup, bup”. Saco la foto quemada del marco, para mirar de cerca esos ojos grises. Le doy la vuelta. Por detrás tiene impreso el catálogo de marcos de la tienda. Es la foto que venía con el marco. La foto de un modelo probablemente sueco, alguien que ni ella ni yo veremos en la vida.

Salgo cuando la voz de hombre en la habitación alcanza un clímax obviamente placentero.

En la calle, esa noche, hay muchos gatos.



[Y esto fue escrito hace mucho, pero me apetecía re-publicarlo]

3.10 Dec. 16th, 2007 @ 03:10 am
Bueeeno, pues las 3 y diez de la mañana. De un sábado! Y yo aquí!!

Pues sí, aquí estoy. Se han ido hace un rato María y Jorge, después de traerme Death Proof (oye, que me ha encantado, mis requerimientos de guión son cada vez menores!) y me he preparado otro vodka :)

(el vodka es tu amigo)

Y como hace tanto que no escribo, he pensado "qué coño!".
Breve repaso:

Curro: Sigue siendo un coñazo, pero me dejan hacer lo que quiero y llegar a la hora que me plazca. Se echa de menos a Adán, que me alegraba las mañanas con sus chorradas y con su forma tan cómica de desesperarse por mi manía de discutir.

Clases: Mucho trabajo! Y yo haciéndolo todo en el último momento. Pero eso se va a acabar, tengo que subir mi media, que es una mierdecilla de 2. Algunas clases on muy interesantes (véase psicopatología), otras menos (véase educativa) y otras no sabría decirlo, porque no piso las clases (véase grupos o lenguaje).

Facultad: Como no lo dije por aquí, igual hay alguien que aún no lo sabe... Hemos hecho una asociación de estudiantes nueva. Somos unos jefazos y punto. Tenemos que soportar que se digan muchas cosas de nosotros, como por ejemplo...
1.- Los de AXON son todos conductistas: Pues no, mira. Yo sí, pero el resto no. O poco, al menos. Pero aunque lo fuéramos, qué más da? No se trata de "tío, tronco, colega, hay que respetar todas las opciones teóricas"? Pues hale, a respetar. O es que sólo hay que respetar las opciones que están de acuerdo contigo? Tsss...
2.- Los de AXON son los cachorros de [nombre de profesor]: Joder, es que no puede uno ser amigo de un profesor, macho. Sí, todos los fundadores somos amigos suyos, y tenemos como nexo primero su foro. Él nos unió, y (aparte de por ser un excelentísimo profesor), le debemos gratitud por ello. Ser amigo de tus amigos es malo? Ahora sí, ni él quiere manejarnos (no sabéis hasta qué punto pasa de esos rollos) ni nosotros somos lelos y nos dejamos manejar. Hombre ya!
3.- Burócratas! Nazis!!: Típico. Cuando alguien no está de acuerdo contigo y usas argumentos totalmente descabellados en su contra, eso dice más de tí que de él. No diré más. Esto es tan estúpido...
4.- Los de AXON han robado el libro de actas!!: Claaaro, sí. Tenía yo una mesa coja en casa y dije "voy a calzarla con esto". Pero en el nombre de Skinner!! Para qué coño íbamos a hacer eso? La gente es de un paranoico...

Et caetera.

Personajes asquerosos: Aparte de Britney, que da miedo, Ramoncín, que da asco, y Jorge Javier Vázquez, que es una mezcla de ambas, está el mismo personaje de siempre, escocido y herido en su vanidad por no ver sus expectativas de dominación mundial cumplidas. Se siente, majo... No es suficiente con decir que eres bueno y competente. Hay que demostrarlo. Y hay que demostrar ser buen amigo, y tú... pf.

Personajes geniales que me levantan la vida (sin ningún orden en particular):

Y hale, después de este ataque de hiperglucemia, os dejo para seguir navegando por la red. Y sí, sigo pensando que la mejor medida de cómo es una persona es cómo son sus amigos... Espero que si alguien me tiene que medir por algo sea por eso, porque entonces vamos! Me llevo las dos orejas y el rabo!

Lerele.
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Qué ganas!
» Cuarta entrega
La semana pasada empecé cuarto. Parece mentira. Parece que fue ayer, y es un tópico espantoso, pero es lo que parece. Parece que fue ayer cuando me senté, con la cabeza casi afeitada, entre un montón de gente que no conocía y que me parecían tan, tan pequeños... Una parte de mí se sentía como el inútil que hay en todas las clases del colegio o del instituto, ese chico demasiado grande, con barba cerrada y que aún no ha conseguido asimilar las operaciones con matrices y está eternamente al fondo de la clase, con los ojos mates por el aburrimiento.
Otra parte de mí se sentía ansiosa... ansiosa por empezar, por cambiar de aires, por respirar algo más nuevo, más fresco, más vivo. Llevaba ya dos años encerrado en una especie de ciclo autodestructivo de pereza y perfeccionismo -y sí, eso es perfectamente posible.
Algunas de esas caras que ví el primer día ahora me son casi tan familiares como la mía propia. Sólo que ya no tienen esa mirada casi espantada, de cervatillo, de los alumnos de primero. En algunos casos, sus rasgos han cambiado (mis pequeñines crecen TAN rápido). Ya no son críos que no saben nada. Son mentes rápidas, incisivas, con las que tengo el inmenso placer de conversar cada día. Y estoy convencido de que serán excelentes profesionales, y no es sólo un juicio de amistad.

En cuanto a mí, odio esa expresión con toda mi alma, pero... podría decirse que he sentado cabeza? Que llevo sentándola estos 4 años? Probablemente. Han pasado muchas cosas, pero un par de relaciones destructivas más tarde, y un par de batacazos intelectuales más tarde también, aquí estoy. No tengo ningún impulso autodestructivo (que yo detecte, al menos), y si bien me quedan muchas rebabas (líneas de mooooolde) que pulir y limar, cada vez soy más aerodinámico, como una bala de tamaño humano propulsada hacia adelante por la simple fuerza de su voluntad. Sé lo que quiero. Sé cómo conseguirlo en la mayor parte de los casos. Sólo es cuestión de tiempo. Sólo es cuestión de esfuerzo.

Y así, en un giro maestro de literatura basura, llego al primer párrafo de nuevo: cuarto. El último año de mi vida académica en el que otros deciden mis asignaturas. El volumen de trabajo es tal que creo que acabaré desarrollando un trastorno obsesivo-compulsivo, si es que no lo tengo ya (sí, he ordenado mis apuntes en carpetillas posteriormente metidas en un archivador que llevo a todas partes), pero compensa el hecho de que por primera vez, o segunda como mucho, estoy viendo cosas interesantes de verdad, de las que me gustan a mí. Y no pienso conformarme con nada menos que lo más que pueda rendir. Con nada menos.

Me tomo este último parrafito para admitir que toooda esta energía positiva tiene que ver también con una persona en concreto, que me hace la vida más fácil y más entretenida, como los anuncios de esos electrodomésticos, pero en sexo. Y no sólo en sexo. No digo más, porque no hace falta.

BANG!
» Miss Teen South Carolina Calls 911

Teehee...
» Uuuuh....

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